Original in Spanish

 

Capítulo III. Diseño, teleología y teología natural

There is grandeur in this view of life, with its several powers, having been originally breathed [by the Creator] into a few forms or into one; and that, whilst this planet has gone cycling on according to the fixed law of gravity, from so simple a beginning endless forms most beautiful and most wonderful have been, and are being, evolved.

Charles Darwin, On the Origin of Species[1].

En el capítulo anterior vimos algunas dificultades planteadas por los científicos más importantes de la época en Inglaterra, en particular John Herschel, para aceptar la teoría de Darwin. Sin embargo el darwinismo no solo plantea problemas científicos sino también teológicos, como se puede observar en la controversia que generó entre muchos creyentes. Esta polémica no estaba centrada tanto en la interpretación literal del Génesis, como en que el papel del azar en la teoría era interpretado por algunos como una pretensión de excluir la existencia de un plan divino en la creación y, en últimas, de un Creador.

El oponente más notorio de Darwin en Inglaterra, en ámbito religioso, fue el obispo anglicano de Oxford, Samuel Wilberforce (1805-1873). En 1860 publicó una recensión de On the Origin en el Quarterly Review, que fue seguida poco después por el famoso encuentro con Huxley el 30 de junio del mismo año. A pesar de ser antievolucionista, la reseña de Wilberforce estaba bien escrita y se centraba principalmente en objeciones de tipo científico. Aunque tiene apartados divertidos –como cuando se refiere a “nuestro inesperado parentesco con los champiñones”– en el fondo expresa la preocupación de muchos creyentes que pensaban que la evolución implica que no somos más que animales y, en último término, no más que una colección de átomos unidos por el azar[2].

En este capítulo veremos un panorama general de la teología natural a comienzos del siglo XIX en Inglaterra –especialmente la propuesta de William Paley– y estudiaremos el papel que tiene el azar en la teoría darwiniana y su relación con el llamado diseño.

1.   Azar y diseño en perspectiva

Aristóteles fue el primer filósofo que se ocupó de manera sistemática del tema del azar. Como vimos, para el Estagirita el azar era una causa per accidens que interviene en los fenómenos naturales, y que se puede dar por: (1) encuentro de seres, (2) defecto del agente, y (3) falta de disposición de la materia.

La existencia de regularidad es, para Aristóteles, indicio de una causalidad no accidental y de la existencia de una finalidad. Como dice en la Física:

Algunas cosas suceden siempre de la misma manera y otras en la mayoría de los casos, es evidente que de ninguna de ellas se puede decir que su causa sea la suerte o que suceden fortuitamente: ni de lo que acontece por necesidad y siempre, ni de lo que lo hace en la mayoría de los casos[3].

Es tarea de la ciencia investigar las causas per se que intervienen en los fenómenos que ocurren siempre, o “la mayor parte de las veces” (hos epì tò polý). Así como Aristóteles se admira de que Demócrito y sus seguidores acepten que los animales y plantas tienen una causa determinada mientras que dicen que el cielo fue generado por azar, Aristóteles afirma que el azar tampoco puede ser la causa originaria del universo.

La ley de gravedad formulada por Newton permitió grandes avances en la ciencia y tuvo gran influencia en el modo de ver el universo. La llamada Nebular Hypothesis de Laplace –aunque, como se dijo, el término fue acuñado por Whewell– fue posicionándose poco a poco como una explicación de la formación del sistema solar gracias a los estudios hechos por William Herschel y su hijo John.

Muchos como Kant pensaban que el descubrimiento de las leyes de la mecánica había desplazado la teleología del ámbito físico, pero aún quedaban los seres vivos, cuya enorme complejidad hacía que fuera difícil dar cuenta de ellos solo mediante causas eficientes. Aunque no se hiciera referencia explícita a Aristóteles, la idea generalizada era que «en las obras de la naturaleza no es el azar quien reina, sino, en más alto grado, la finalidad»[4].

Antes de Darwin era común encontrar referencias a Dios y a causas sobrenaturales en tratados de carácter científico. Herschel, por ejemplo, comienza su Preliminary Discourse con una discusión acerca de cómo el poder e inteligencia de Dios son responsables del orden y diseño en la naturaleza[5]. Después dice que, contrario a lo que piensan algunos, la religión y la ciencia no se oponen, ya que «la verdad nunca puede oponerse a la verdad»[6]. Y sobre los que piensan que pueda haber incompatibilidad entre la ciencia y la religión dirá:

Nada puede ser más infundado de que la objeción adoptada (…) por personas –tal vez bien intencionadas pero sin duda de mente estrecha– contra el estudio de la filosofía natural y contra de toda la ciencia, de que ésta promueve en su cultivadores una indebida y desmesurada arrogancia, les lleva a dudar de la inmortalidad del alma, y a burlarse de la religión revelada[7].

Para Herschel sucede exactamente lo opuesto:

Su efecto natural, podemos afirmar con confianza, en toda mente bien constituida es y debe ser justamente el contrario. Sin duda la razón natural (…) debe necesariamente detenerse ante las verdades que la revelación da a conocer; pero, al mismo tiempo manifiesta la existencia y los principales atributos de la Divinidad de manera tal que hace que las dudas sean absurdas y el ateísmo ridículo[8].

Para muchos Darwin fue el “Newton de la biología”, expandiendo la visión mecánica del mundo a los seres vivos y haciendo que muchos pensaran que las leyes naturales y el azar estaban tomando el papel que se le asignaba a Dios en la naturaleza. Hermann von Helmholz, por ejemplo, dirá en 1869 que los descubrimientos desde Galileo hasta Newton contribuyeron a reducir todos los fenómenos a la mecánica, y que hoy gracias a Darwin sabemos con precisión cómo las adaptaciones en la estructura de los organismos puede ser el resultado de una regla ciega de las leyes de la naturaleza[9]. Y el físico austriaco Ludwig Boltzmann dijo en una conferencia en 1886:

Si me preguntan acerca de mi convicción más profunda, si el siglo XIX se llamará algún día el siglo del hierro o el siglo de la máquina de vapor o de la electricidad, digo que sin lugar a dudas será llamado el siglo de la concepción mecánica de la naturaleza, el siglo de Darwin[10].

Si los seres vivos pueden ser explicados como resultado de un proceso “ciego”, privado de finalidad, significa que, en últimas, el cosmos es resultado del azar. La disyuntiva es clara: el universo es fruto del azar o es el resultado de un diseño. Esto lo expresa claramente Asa Gray en 1860:

La cuestión es antigua: (…) si la naturaleza orgánica es el resultado del diseño o del azar. La variación y la selección natural no dan lugar a una tercera alternativa (…). Para nosotros, un cosmos fortuito es simplemente inconcebible. La alternativa es un cosmos diseñado[11].

El mecanicismo en biología que se fue abriendo paso fue motivo de triunfo para unos y de rechazo para otros. La percepción de que la teoría de Darwin le daba demasiada importancia al azar fue visto por algunos como incompatible con la posibilidad de un plan divino en la naturaleza. Esto se debió a muchos factores, pero cabe resaltar la influencia de William Paley en la teología natural anglosajona del siglo XIX.

De las discusiones actuales entre los denominados “creacionistas”, los defensores del Intelligent Design y los New Atheists –por mencionar algunos– se puede observar que es una cuestión que está lejos de resolverse. Sin embargo el estudio de su origen puede dar luces para entender mejor el dilema que ven algunos.

Si bien Darwin fue muy sutil a la hora de hablar del azar y el diseño en On the Origin, estos temas fueron recurrentes en su correspondencia con Asa Gray especialmente entre 1859 y 1868. En este capítulo nos proponemos analizar cómo fue evolucionando el pensamiento de Darwin en relación con estos temas.

2.   La teología natural en Inglaterra en el siglo XIX

Es conocido el relato recogido por Platón en el Timeo en el que explica el orden del mundo como fruto de la acción de un demiurgo que imprime las formas “ideales” en la materia que per se es caótica[12]. Se trata de un principio de orden extrínseco y en cierto sentido antinatural, fruto de un Dios “artesano” pero no “creador” –en el sentido genuino de la palabra.

Como vimos, Aristóteles reemplazó la teleología extrínseca platónica por otra intrínseca, en la que el principio del orden encuentra en la misma naturaleza. El orden natural no es fruto del arte sino de la naturaleza, que posee una finalidad interna, en la que hay un amplio margen para el azar[13]. Como dice el Estagirita, «es evidente que la naturaleza es una causa, y que lo es como causa que opera para un fin»[14].

La teleología aristotélica, perfectamente compatible con la existencia de causas per accidens, fue adoptada por pensadores como Santo Tomás de Aquino, para quien uno de los argumentos para llegar a la existencia de Dios es el orden intrínseco que se encuentra en la naturaleza: el llamado “argumento teleológico”, “quinta vía” o “prueba del orden”[15]. En la Inglaterra de comienzos del siglo XIX, sin embargo, no era popular esta vía de acceso a Dios, y encontramos que es más popular el llamado “argumento de diseño” de William Paley, más afín con la teleología extrínseca de Platón.

Esta distinción entre dos tipos de teleología es importante para entender el debate en torno a la cuestión del diseño ya que, como veremos, el uso de esta palabra es ambiguo. Mientras algunos como Gray tienen en mente una teleología más cercana a la de la tradición aristotélico-tomista, otros como Darwin emplean la palabra “diseño” como sinónimo del argumento de Paley. Aunque se trata de una argumentación muy conocida, dada su importancia la expondremos brevemente.

2.1.       La Natural Theology de William Paley

Dice Darwin en su Autobiografía que cuando su padre se enteró que no quería seguir estudiando medicina le propuso convertirse en clérigo de la Iglesia Anglicana. Después de vacilar un poco terminó aceptando, yendo a Cambridge para obtener el título requerido[16].

Después de prepararse con un tutor privado, entró en el Christ’s College a comienzos de 1828 donde estuvo hasta 1831. Sigue diciendo en su Autobiografía que, en relación con los estudios académicos, los tres años que pasó en Cambridge fueron tiempo tan perdido como los que pasó en Edimburgo[17]. La educación en Cambridge se centraba en el estudio de los clásicos y las matemáticas. Con respecto a los primeros, Darwin solo asistió a algunas conferencias esporádicas, mientras que las segundas le costaban mucho[18]. Para aprobar el examen final puso más esfuerzo en sus estudios de los clásicos y de algebra durante el último año, y estudió cuidadosamente las obras de William Paley:

Con el fin de pasar el examen del B.A. [Bachelor of Arts], también era necesario estudiar Evidences of Christianity de Paley y su Moral Philosophy. Hice esto de manera exhaustiva, y estoy convencido de que podría haber escrito la totalidad de Evidences con perfecta corrección, aunque no con un lenguaje tan claro como el de Paley. La lógica de este libro y de su Natural Theology me dieron tanto placer como [el estudio de] Euclides. El estudio cuidadoso de estas obras, sin tratar de aprender ninguna parte de memoria, fue la única parte del curso académico que, así me parecía en ese momento y todavía lo pienso así, fue de alguna utilidad en la educación de mi mente. En ese momento no me preocupé de las premisas de Paley y, asumiéndolas confiadamente, estaba encantado y convencido por su argumentación[19].

Como se puede ver, el pensamiento de Paley influyó mucho en la mente del joven Darwin. William Paley (1743-1805) estudió en el Christ's College de Cambridge –al igual que Darwin– graduándose en 1763. Allí llegó a ser tutor y después desempeñó diversos oficios pastorales dentro de la Iglesia Anglicana, el más conocido de los cuales fue el de Achidiácono de Carlisle (1782).

Escribió varios libros que fueron muy influyentes, como por ejemplo A View of the Evidence of Christianity (1794) que fue lectura obligatoria en la Universidad de Cambridge por varias décadas. Pero su libro más importante, por la repercusión que tuvo, fue Natural Theology: or, Evidences of the Existence and Attributes of the Deity, Collected from the Appearances of Nature, publicado por primera vez en 1802.

En este libro Paley retoma un argumento que fue popularizado un siglo antes por otro egresado de Cambridge, John Ray (1627-1705), quien en su obra The Wisdom of God Manifested in the Works of the Creation (1691) explicaba la adaptación de los seres vivos como manifestación de la sabiduría divina. Paley comienza su Natural Theology con un famoso pasaje:

Supongamos que al cruzar un zarzal, mi pie tropieza con una piedra. Si se me pregunta cómo ha llegado esa piedra hasta allí, probablemente podría responder que, por lo que yo sé, ha estado allí desde siempre; aunque posiblemente no sería muy fácil demostrar lo absurdo de esta respuesta. Pero supongamos que hubiese encontrado un reloj en el suelo, y se me preguntara cómo es que el reloj acabó en ese lugar, no podría dar la misma respuesta que antes, de que, por lo que yo sé, el reloj puede haber estado allí desde siempre[20].

Paley hace notar la diferencia entre los objetos naturales, como las piedras, y los objetos “diseñados”, como los relojes. En un reloj encontramos diversas piezas dispuestas con una gran precisión, que nos hace concluir que debe tener un artífice:

Creemos que la deducción es inevitable, que el reloj debe haber tenido un fabricante: que debe haber existido, en algún momento y en algún lugar, un artífice o artífices que lo formaron para el propósito que vemos que tiene, que emprendieron su construcción y diseñaron su uso[21].

La “analogía del relojero”, hecha famosa por Paley, había sido usada desde Cicerón hasta Voltaire, quien dijo «el universo me desconcierta, y no puedo imaginarme que tal reloj exista sin que haya un relojero»[22].

Después de dedicar dos capítulos a exponer su argumento, Paley empieza a aplicarlo mostrando que los órganos de seres vivientes son mucho más complejos que cualquier artefacto. El primer ejemplo que menciona, y que es uno de sus preferidos, es la comparación del ojo con un telescopio[23]. Dice que escogió el ojo porque tiene la ventaja de poder ser comparado casi directamente con los instrumentos ópticos[24], pero después sigue aplicándolo a todo tipo de órganos.

El punto al que quiere llegar es, ¿cómo se puede explicar la existencia de tal cantidad de adaptaciones en animales y plantas? Si al inicio del libro dice que:

No puede haber diseño sin un diseñador, artefacto [contrivance] sin un artífice, orden sin elección, organización sin algo que sea capaz de ser organizado[25].

Al final del capítulo 23 concluye:

Las marcas del diseño son demasiado fuertes para ser superadas sin el recurso a una Deidad. El diseño debe tener un diseñador. El diseñador debe haber sido una persona. Esa persona es Dios[26].

Para Paley la alternativa al diseño es el azar, pero “la experiencia universal” está en contra de esta posibilidad[27]. Y añade una consideración que es frecuentemente citada cuando se habla del concepto que tenía del azar:

¿Qué ha hecho el azar por nosotros? En el cuerpo humano, por ejemplo, el azar –i.e. la operación de causas sin diseño– puede producir un absceso, una verruga, un lunar, un grano, pero nunca un ojo. Entre las sustancias inanimadas a lo mejor un terrón, un guijarro, una gota de líquido. Pero nunca un reloj, un telescopio, o un cuerpo organizado de cualquier tipo (…) fue efecto del azar. En ningún caso ha existido algo así sin que hubiera una intención en alguna parte[28].

Aquí podemos ver la oposición que veía entre los dos conceptos al definir el azar como “la operación de causas sin diseño”. Pero se equivocaría quien pensara que para Paley el azar era algo per se malo. Evidentemente estaba en contra de quienes negaban la existencia de un diseño en los seres vivos diciendo que todo era fruto de la casualidad, pero veía que en el mundo había muchas cosas que habían sido dejadas por Dios al azar. Sin embargo es importante ver qué entendía Paley por azar.

Además del texto citado anteriormente, al final de su libro Paley hace un análisis del azar, y le dedica 14 páginas justo antes del capítulo conclusivo y después de discutir el mal físico y moral (imperfecciones, dolor, muerte y el que es fruto de la libertad del hombre)[29]. Allí menciona tres ideas relacionadas con el azar.

La primera es que «debe haber azar en medio del diseño»[30], y explica que se refiere a la existencia de eventos accidentales, como el caso de «un hombre que viaja a York y se encuentra con otro que viaja a Londres»[31].

La segunda es que cuando se habla de azar en realidad lo que hay es “apariencia de azar”, que tiene que ver con la ignorancia de las causas o la imposibilidad de predecir un evento. Para ejemplificar esta idea compara el lanzamiento de unos dados con el funcionamiento de un reloj:

El lanzamiento de un dado sigue las leyes del movimiento al igual que lo hace un reloj. Sin embargo mientras que en el caso del reloj podemos seguir la operación de dichas leyes, en el caso del dado no lo podemos hacer –aunque las leyes sean las mismas, y prevalezcan en ambos casos–. Al número que sale en del lanzamiento del dado lo llamamos azar, mientras que en al funcionamiento del reloj lo llamamos orden –u otra palabra que excluya el azar[32].

Entonces el azar para Paley se reduce a azar epistemológico, muy relacionada con una concepción determinista del mundo. Pero algo que llama la atención es que extienda este determinismo a las acciones “libres” de los hombres:

Lo mismo sucede en aquellos eventos que dependen de la voluntad de un agente libre y racional. El veredicto de un jurado, la sentencia de un juez, las conclusiones de una asamblea, una elección, tendrán más o menos apariencia de azar (…) dependiendo del conocimiento que se tenga de las razones que influenciaron la deliberación[33].

Como consecuencia de lo anterior dice que para Dios no hay azar, ya que conoce todo y puede prever lo que sucederá[34].

La tercera idea es que, en la mayoría de los casos, «es mejor que las cosas sucedan por azar o, más precisamente, con apariencia de azar, que con una regla observable»[35]. Y menciona las ventajas de que haya asuntos que se decidan por suerte, que en la vida haya incertezas, enfermedades inesperadas, disparidad de riqueza, etc., todo lo cual es compatible con la doctrina de la Providencia divina[36].

De lo anterior podemos concluir que si el azar es “la operación de causas sin diseño”, y el azar es solo aparente, entonces para Paley de alguna manera todo ocurre de acuerdo a un diseño predeterminado. Esto se vislumbra cuando dice que «los eventos que no están diseñados, surgen necesariamente de la persecución [pursuit] de eventos que están diseñados»[37]. Esta particular visión del azar y su relación con Dios parece haber influido grandemente en Darwin quien, como veremos más adelante, hasta el final de su vida mezclará los conceptos de foresee y preordain.

***

Es mucho lo que se ha escrito sobre la formulación hecha por Paley del argumento de diseño. No es éste el lugar para hacer un análisis exhaustivo, pero podemos mostrar algunos de los problemas más relevantes para estudiar la posición de Darwin con respecto al llamado diseño.[38]

Lo primero que se puede decir es que, a simple vista, se trata de un argumento bien estructurado y convincente para llegar a Dios desde las criaturas. Esto se puede ver en la difusión que tuvo en el siglo XIX en Inglaterra y los Estados Unidos. No solo fue una lectura obligatoria en Cambridge durante varias décadas, sino que también se estudiaba en Harvard en los años 1840s cuando Asa Gray empezó a dar clases allí[39].

Sin embargo, si se analiza con detenimiento, la obra de Paley tiene serios problemas que posiblemente su autor nunca advirtió. Uno de los más importantes es que tiene una concepción mecanicista de la naturaleza. Como ya se dijo, su reducción del azar a la ignorancia lleva implícita una concepción determinista del mundo en la que ni siquiera las acciones aparentemente libres estarían fuera del diseño divino.

Si se parte de que el mundo es como un reloj, Dios puede terminar reducido a un relojero, a un diseñador o a un ingeniero. Pero esta concepción de la divinidad está más cercana al horloger de Voltaire o al blind watchmaker de Dawkins que al Dios providente de la Revelación judeo-cristiana.

Una consecuencia de esta concepción deísta del Creador es que no explica satisfactoriamente la existencia del mal físico y moral. Aunque Paley intenta hacerlo, si se acepta que todo en el mundo está de alguna manera predeterminado en el diseño divino, o Dios no puede ser tan poderoso o no puede ser tan bueno. El dilema es que si es omnipotente implicaría que no es bueno porque predetermina el mal, y si es bueno no es omnipotente porque no puede evitar el mal.

En general los problemas que acabamos de esbozar no fueron advertidos por los contemporáneos de Darwin que buscaban evidencias para mostrar la existencia de Dios usando los descubrimientos científicos. Sin embargo la aceptación no fue general, y encontramos pensadores cristianos que rechazaron la propuesta de Paley. Por su altura intelectual y su cercanía al contexto histórico de Darwin vamos a exponer la opinión de uno de ellos, John Henry Newman (1801-1890).

2.2.       Newman y el argumento del diseño

El Cardenal Newman se refiere a la argumentación de Paley, entre otros sitios, en una conferencia titulada Christianity and Physical Science pronunciada en la Catholic University of Ireland. La conferencia fue dirigida a los estudiantes de medicina con motivo de la inauguración de dicha Facultad en 1855, cuatro años antes de la publicación de On the Origin of Species[40].

El objetivo de la conferencia era exponer algunas consideraciones sobre la relación entre la Revelación y la ciencia física o, como dice en otros lugares, entre la física y la teología[41]. La idea central del discurso es hacer ver la autonomía recíproca de ambas, y el hecho de que «no pueden realmente entrar en colisión»[42]. La consecuencia de esto es que «la teología Católica no tiene nada que temer del progreso de la ciencia física»[43].

Hacia el final de la conferencia menciona un “monumental error” que han cometido algunos, y que consiste en llevar indebidamente el método inductivo de Bacon a la teología, tratando de convertirla en una ciencia experimental[44]. Dice Newman:

¿Qué puede ser más sagrado que la Teología? ¿Qué puede ser más noble que el método de Bacon? Pero los dos no se corresponden; no se pueden emparejar. Nuestro tiempo ha confundido la cerradura con la llave. Ha roto la llave dentro de una cerradura que no le corresponde; ha estropeado los cerrojos con una llave incorrecta[45].

Luego describe un ejemplo de este error en detalle, refiriéndose a lo que en ese momento en Inglaterra se llamaba Natural Theology, aclarando que no se refiere a la Naturalis Theologia sino que lo usa en el sentido en que lo emplea Paley en su obra. Dice que un nombre más apropiado para esta doctrina sería Physical Theology, de la que da la siguiente definición:

[Es] una ciencia que aprovecha los fenómenos y las leyes del universo material, [mostrados por la física], como medio para establecer la existencia de un Diseño en la construcción del universo, y por tanto el hecho de un Ser creador y conservador[46].

Aunque algunos se sienten cómodos colocando el peso principal de la prueba de la existencia de Dios exclusivamente en este argumento, Newman empieza a mostrar algunos problemas que esto conlleva. Lo primero que dice es que este argumento no es nuevo:

El razonamiento con que Sócrates, delante de Xenofón, rebatió al pequeño ateo Aristodemo es exactamente el razonamiento de la Teología Natural de Paley. Sócrates utiliza las estatuas de Policleto y los cuadros de Zeuxis exactamente de la misma manera que Paley utiliza el reloj[47].

En ese sentido no es un avance sino, en cambio, un gran retroceso, y la importancia que se le da lo convierte en un «instrumento contra el Cristianismo»[48]. Una razón que da para afirmar esto es que se trata de un argumento que puede llevar a una firme probabilidad pero no a una certeza[49].

Pero su principal problema es, según Newman, que a través de él se llega a solo algunos atributos simples de Dios como son el poder, la sabiduría y la bondad[50] –insistiendo máximamente en el poder y mínimamente en la bondad[51]–, pero dejando de lado otros fundamentales:

Santidad, omnisciencia, justicia, misericordia, fidelidad. ¿Qué nos enseñan la Teología Física, el argumento de Diseño y las sutiles disquisiciones sobre las causas finales, y solo de forma muy indirecta, tenue y casi enigmática, sobre estos elementos de importancia trascendental y esencial en la idea de la Religión?[52]

Este es, dice Newman, un ejemplo de la invasión del método empírico de Bacon en un terreno que no es el suyo. Y añade que «a pesar de todo lo que se puede decir en su favor, siempre la he visto con grandes recelos»[53]. El núcleo del problema es que sus defensores se limitan a este argumento para llegar a Dios a través de la razón, constituyendo para ellos “el mismo evangelio” [the very gospel], Pero no se dan cuenta que se trata de un “falso evangelio” [false gospel], de una mentira, porque media verdad es una falsedad[54].

Finalmente dice que la Physical Theology no puede decirnos ni una sola palabra sobre lo que realmente es el Cristianismo[55], ya que un Ser con las características a las que pretende llegar el argumento de diseño, y nada más, «no está muy lejos del Dios del panteísta»[56]. Y dirá unas palabras muy fuertes en contra de quienes fundamentan la religión exclusivamente en éste tipo de explicaciones:

Y aún afirmaría más: no dudaría en decir que, tomando a los hombres como son, esta así llamada ciencia tiende, si entra en la cabeza de una persona, a disponerla en contra el Cristianismo. Y ello, sencillamente, porque habla solo de leyes, y no puede contemplar su suspensión, es decir, los milagros, que son la esencia misma de la idea de una Revelación. Así pues, el Dios de la Teología Física puede con gran facilidad pasar a ser un mero ídolo[57].

***

Con este excursus pretendemos mostrar que no se debe identificar la teología natural –que es una rama de la filosofía– con la Natural Theology que tuvo tanta difusión en Inglaterra y en los Estados Unidos durante el siglo XIX. Como dice un estudioso del tema, la propuesta de Paley fue un giro “desastrosamente equivocado” que tomó la apología cristiana[58].

Esta oposición de Newman al argumento del diseño no significa que pensara que no fuera posible llegar a Dios desde la creación por medio de la sola razón. De hecho su pensamiento sobre la relación entre fe y razón es muy profundo, como se puede ver en su Essay in aid of a Grammar of Assent (1870)[59].

Cuando alguien le escribiera diciéndole que en su Grammar no había encontrado un argumento en favor del teísmo a partir de la creación, Newman le replica:

He hablado del argumento hacia la existencia de un Dios desde la Creación visible en la página 70 párrafo 1: “El orden implica un propósito…”, etc. No he insistido en el argumento del diseño, porque estoy escribiendo para el siglo XIX, en el cual, como dicen sus filósofos, el diseño no se admite como probado. Y a decir la verdad, aunque no quiero predicar sobre el tema, durante 40 años yo mismo he sido incapaz de ver la fuerza lógica del argumento. Creo en el diseño porque creo en Dios, no en un Dios porque veo el diseño[60].

Del pensamiento de Newman nos parece relevante destacar la autonomía que tienen la ciencia, que busca conocer el mundo físico con su propio método, y la fe, que emplea la razón –como cuando se apoya en la teología natural– pero cuyo fundamento último es la Revelación. Esta autonomía implica a la vez ciertos límites, y sobrepasarlos suele llevar a conclusiones preconcebidas y, por tanto, ilegítimas.

La premonición de Newman de que si las ideas de la Natural Theology entraran en la cabeza de una persona, terminarían por disponerla en contra el Cristianismo, se cumplieron en la vida de Darwin. Evidentemente no se puede culpar a Paley del agnosticismo en el que terminó el naturalista inglés pero, como veremos, esta doctrina influyó mucho en la concepción que tenía de la Divinidad y de su relación con el mundo.

2.3.       Los Bridgewater Treatises

Llegados a este punto no podemos dejar de mencionar, aunque sea muy brevemente, otra obra representativa de la teología natural inglesa del siglo XIX, los Bridgewater Treatises. Como se mencionó en el capítulo anterior (II.3), estos tratados son vistos por algunos como una continuación y actualización de la obra de Paley. Un ejemplo de esta percepción es el siguiente:

El argumento de Paley se extendió a diferentes temas biológicos, así como a otros de astronomía, física y química, por parte de algunos de los más influyentes científicos ingleses del siglo XIX. Los nueve tratados de Bridgewater representan la quintaesencia de una postura que pretende quitar el azar de la naturaleza[61].

Sin embargo, como veremos, no se pueden juzgar los ocho tratados originales en conjunto, ni unirlos con el noveno, y menos aún identificarlos con la postura de Paley. Al respecto, un estudioso del tema dice que «no es sorprendente que los historiadores se hayan inclinado a ver los Bridgewater Treatises como simples extensiones de la Natural Theology de Paley. (…) Pero aún los autores más “paleyanos” del Bridgewater modificaron el enfoque de Paley»[62].

Los tratados, que aparecieron entre 1833 y 1840, son los siguientes:

1.       The Adaptation of External Nature to the Moral and Intellectual Condition of Man, de Thomas Chalmers.

2.      On the Adaptation of External Nature to the Physical Condition of Man, de John Kidd.

3.      Astronomy and General Physics considered with reference to Natural Theology, de William Whewell.

4.      The hand, its Mechanism and Vital Endowments as evidencing Design, de Sir Charles Bell.

5.      Animal and Vegetable Physiology considered with reference to Natural Theology, de Peter Mark Roget.

6.      Geology and Mineralogy considered with reference to Natural Theology, de William Buckland.

7.      On the History, Habits and Instincts of Animals, de William Kirby.

8.      Chemistry, Meteorology, and the Function of Digestion, considered with reference to Natural Theology, de William Prout.

Estos tratados –encargados por el Earl de Bridgewater poco antes de su muerte– buscaban explorar “el Poder, la Sabiduría y la Bondad de Dios, manifestada en la Creación”. Con excepción de Chalmers, que era un presbiteriano escocés, sus autores eran clérigos anglicanos que se dedicaban a la ciencia.

Estos tratados tienen un mérito muy desigual, y es importante resaltar que no todos los autores tenían la misma postura en relación con la teología natural. Así encontramos algunos muy cercanos al pensamiento de Paley como Bell y Buckland y otros más escépticos como Whewell y Roget.

William Buckland (1784-1856), por ejemplo, usaba una criatura llamada Megatherium para mostrar la existencia de un diseño en la naturaleza. Se trataba de un mamífero extinto, de la familia del perezoso, que había sido reconstruido a comienzos del siglo XIX a partir de sus restos fósiles[63]. Se trataba de una criatura gigantesca y desproporcionada que parecía contradecir la existencia de un Diseñador bueno e inteligente. Incluso Buffon y Cuvier habían usado a los perezosos como raros ejemplos de mal diseño. Haciendo uso de sus habilidades científicas –y un poco de buen humor– Buckland hacía ver que este animal se alimentaba de raíces, y aunque podía hacer pocas cosas más, estaba perfectamente adaptado para esta forma de vida[64].

Otros autores como Peter Mark Roget (1779-1869) hacían más énfasis en la existencia de leyes en la naturaleza que en la acción directa de un Diseñador. En su tratado sobre fisiología animal y vegetal Roget sugirió que había leyes morfológicas en la naturaleza, a través de las cuales Dios había dado origen a las especies mediante un plan general[65].

Sin embargo, entre los autores de estos tratados, el más representativo de este enfoque nomológico del diseño es William Whewell. En la introducción dice:

El punto de vista característico [de este tratado] –que pertenece a la filosofía natural– (…) es que la naturaleza, en la medida en que es objeto de la investigación científica, es una colección de hechos regidos por las leyes: nuestro conocimiento de la naturaleza es nuestro conocimiento de las leyes (…). Por lo tanto nuestro objetivo debe ser mostrar cómo este modo de ver el universo es conforme con nuestra concepción del Autor Divino, por quien el mundo fue hecho y es gobernado[66].

Esta perspectiva de la teología natural que hace énfasis las leyes naturales –sin ser original de Whewell– es muy diversa de la de Paley, y fue retomada por Charles Babbage (1791-1851) en el Ninth Bridgewater Treatise, que publicó de manera no oficial en 1837. Entre otras cosas allí desarrolla la noción de que la acción de Dios en el mundo, incluida la aparición de nuevas especies de seres vivos, se realiza principalmente a través de las leyes naturales instituidas por Él[67]. Como se dijo anteriormente, fue allí donde aparecieron publicados algunos extractos de la carta de Herschel a Lyell del 20 de febrero de 1836.

Este enfoque tiene la ventaja de respetar la autonomía que tienen la ciencia y la religión. Hablando de la actitud que debe tener quien estudia la naturaleza con miras a llegar a Dios a través de ella, dice Whewell:

[Debe poseer] una sólida piedad, preparada para nutrirse de la contemplación de las verdades físicas establecidas; unida a una cautela filosófica para no (…) pervertir el recto curso de la investigación científica. Precisamente gracias a este cuidado y esta prudencia filosófica nuestra visión de las causas finales adquiere fuerza y valor como apoyo a la religión. El objetivo de esta perspectiva no es llegar a la verdad física, sino conectar dicha verdad –obtenida con sus propios procesos y métodos– con nuestra visión de Dios, Señor del universo, por medio de aquellas leyes y relaciones que están fuera de discusión[68].

Esta perspectiva coincide en parte con el pensamiento de Darwin, quien en uno de sus Cuadernos escribió que «el Creador crea mediante leyes»[69] y puso una cita del tratado de Whewell al inicio de On the Origin[70].

Darwin conocía los Treatises, e incluso en una carta a su editor en 1861 describe su nuevo trabajo sobre orquídeas «como un Bridgewater Treatise»[71]. Sin embargo veremos cómo, en relación con el concepto del diseño, fue más influyente el pensamiento de Paley que el de Whewell.

3.   La idea darwiniana de diseño hasta 1859

La concepción que tenía Darwin del diseño está muy relacionada con la concepción que tenía de Dios. Su padre, Robert Darwin, fue un médico educado en Leiden y Edimburgo, donde asumió una concepción materialista de la vida y de la materia. Aunque según Charles su padre pertenecía nominalmente a la Iglesia de Inglaterra –al igual que él mismo–, era librepensador en asuntos religiosos[72]. Su madre, Susannah Wedgwood, era Unitarista que reconocía un Creador pero no la divinidad de Jesucristo[73]. Esto ayuda a comprender la actitud que tuvo Darwin durante toda su vida hacia la religión tradicional.

Al igual que su padre, durante sus estudios de medicina en la Universidad de Edimburgo –a dónde se mudó a finales de 1825– fue influenciado por el materialismo de la tradición médica Escocesa[74]. Después de dos años abandonó la medicina, en parte porque no soportaba las operaciones que debía presenciar, y en parte por el aburrimiento que le producían las lecciones que debía escuchar[75].

Después de dejar la medicina fue a Cambridge donde, como dijimos, estudió la teología de William Paley. En este contexto desarrolló su teoría de la evolución, en la que emplea ejemplos y términos paleyanos como contrivance y adaptation. Pero la influencia más profunda de Paley fue en su modo de concebir a Dios y su acción el mundo.

Darwin poco a poco se distanciará de Paley, pero nunca logrará desligar el concepto de diseño del argumento paleyano. En una carta escrita pocos meses después la publicación de On the Origin encontramos cual era, según él, el pensamiento de Paley al respecto:

No puedo creer que haya más interferencia por parte del Creador en la construcción de cada especie que en la trayectoria de los planetas. Se debe solo a Paley & Co, según creo, que se piense que esta interferencia sea necesaria en los cuerpos vivos. Pero nunca estaremos de acuerdo, así que no se moleste en responder[76].

Para Darwin, Dios no interviene de una manera diversa en la formación y trayectoria de los planetas que en el surgimiento de las especies, y si los primeros fenómenos se explican por las leyes de Newton, el último se explica por la selección natural. Cualquier otro tipo de intervención del Creador sería, para Darwin, una intromisión indebida. Como veremos esta concepción deísta de Dios fue forjándose en Darwin a lo largo de los años, de la mano de su materialismo y su determinismo.

3.1.       Los Notebooks de finales de 1838

Antes de leer a Malthus, Darwin pensaba que la vida había sido creada y luego los organismos habrían surgido por leyes biológicas[77]. Después de leer a Malthus, a finales de septiembre de 1838, hablaba del universo como un “gran sistema” de leyes[78]. Decía que las leyes establecidas por Dios podían producir “cualquier efecto que nos rodea” sin intervención divina[79], lo que parecía incluir el origen de la vida. Sin embargo no lo incluye explícitamente, y por sus escritos posteriores es claro que seguía aceptando un acto creativo especial.

Ya en ese año Darwin se considera a sí mismo materialista, pero esto no significa que fuera ateo o agnóstico. Su materialismo se percibe, por ejemplo, en que mientras antes pensaba que el alma humana era “añadida”, a mediados de 1838 consideraba que –como las demás criaturas– el hombre es completamente producto de la evolución[80].

En su visión del hombre ni siquiera la religión escaparía a las leyes naturales. En esa misma época se plantea cómo puede surgir la idea de Dios, y se pregunta si no puede ser por la unión de la idea de causalidad, por una parte, con la percepción de las obras de la naturaleza, por otra parte[81]. Y dice:

Los salvajes consideran los truenos y relámpagos [como si fueran] voluntad directa de Dios (y de aquí surge el estadio teológico de la ciencia en cada nación según M[onsieur] le Comte). Estos salvajes que piensan así, cometen el mismo error –que para nosotros es más patente– que el filósofo que dice que el conocimiento innato del creador ha sido implantado en nosotros (…) por un acto separado de Dios, y no como una parte necesaria integrante de sus majestuosas leyes, que profanamos pensando que no son capaces de producir cada posible efecto, de todo tipo, que nos rodea[82].

La idea de Dios es, para Darwin, uno de los efectos que producen las leyes que Él mismo instituyó, y estas leyes son, por sí solas, capaces de producir todo lo que encontramos en la naturaleza[83].

Hasta este momento Darwin acepta que si hay un diseño por parte de Dios en el mundo, este debe ser implementado mediante el establecimiento de leyes y sin ninguna intervención divina posterior. Dichas leyes serían deterministas, de manera que el Creador es capaz de prever los resultados, incluyendo el hombre e incluso la idea de Dios en su mente.

Al elaborar su teoría, sin embargo, cada vez fue haciendo más énfasis en el azar y menos en el determinismo. La evolución no es una respuesta automática de los organismos a los cambios del ambiente, sino resultado de la lucha por la supervivencia en la que los organismos mejor adaptados prevalecen. Pero las variaciones no son necesariamente adaptativas (i.e. no responden a lo que más le conviene al organismo), sino “accidentales[84]. De esta manera, en diciembre de 1838 Darwin deja de hablar de un “gran sistema” y empieza a hablar de los organismos como productos del azar, incluido el hombre[85].

Con la introducción del azar en su teoría, Darwin cambió la concepción que tenía de la naturaleza y, por consiguiente, su idea del diseño. Si antes pensaba que el Creador podía establecer un gran sistema de leyes en previsión del resultado que quería obtener, ahora –dado que no es posible prever los resultados específicos sino solo los generales– solo puede aceptar que exista un plan general[86]. Esto lo llevará a contraponer el azar con el diseño, y al dilema de armonizar la idea de “leyes diseñadas” con “resultados no diseñados”[87].

3.2.       El Sketch de 1842 y el Essay de 1844

Aunque no hay un paralelo exacto entre sus puntos de vista religiosos y el desarrollo de su teoría, se puede ver una cierta correspondencia. Después de 1838 creyó en la existencia de leyes diseñadas y un plan general, mientras que descartaba la posibilidad de que hubiera un plan detallado debido a la presencia del azar en la selección natural.

Como vimos, en 1827 Darwin aceptaba tanto la Biblia como el Credo y había aceptado la propuesta de su padre de ser clérigo anglicano[88]. Sin embargo abandonó las creencias del Cristianismo tradicional en algún momento de los años 1840s, aunque no se sabe exactamente cuando sucedió[89]. Más adelante la trágica muerte de su hija Annie en 1851 a la edad de diez años terminó por desvanecer su fe en un Dios benevolente[90].

Pero este alejamiento del Cristianismo, en buena medida por no entender el sentido del sufrimiento, no significa de ninguna manera que en esa época fuera ateo o agnóstico. De hecho en su Autobiografía dirá que cuando escribió On the Origin se consideraba teísta, viendo a Dios como la Primera Causa del mundo[91].

Como se dijo antes, cuando Darwin leyó la carta de Herschel a Lyell publicada en el Ninth Bridgewater Treatise de Babbage, celebró que éste pensara que la aparición de nuevas especies se produjera por causas intermedias[92]. Y en el Sketch de 1842 dice:

Esto concuerda con lo que sabemos de la ley impresa en la materia por el Creador, que la creación y extinción de las formas debe ser el efecto de medios secundarios, como lo es el nacimiento y muerte de los individuos[93].

Y más adelante hablando de la creación de los animales superiores dice:

Sin lugar a dudas en un primer momento supera nuestras humildes capacidades concebir leyes capaces de crear organismos individuales, cada uno caracterizado por los más exquisitos diseños [workmanship] y adaptaciones. Concuerda mejor con la bajeza de nuestras facultades suponer que cada uno requiere el fiat de un creador [sic], pero en la misma proporción la existencia de estas leyes exaltaría nuestra noción del poder del Creador[94].

Acá vemos cómo Darwin “descubre”, no solo que Dios puede actuar a través de causas segundas naturales para concebir los fines que se propone, sino que esto mostraría más claramente su omnipotencia. Esto se contrapone a la interpretación más común de la doctrina de Paley, según la cual si Dios quería que hubiera especies diversas tendría que crearlas directamente.

En el Essay de 1844 Darwin extiende más esta idea, diciendo que el universo parece gobernado por un plan del Creador, el cual cree que se desarrolla mediante “medios” secundarios:

De acuerdo con el plan por el cual este universo parece estar gobernado por el Creador, consideremos si existen algunos medios secundarios en la economía de la naturaleza por los cuales el proceso de selección podría ir adaptando, muy bien y maravillosamente, los organismos (…) a diversos fines. Yo creo que tales medios secundarios existen[95].

Algunos han observado que en los escritos de 1842 y 1844 Darwin hace un paralelismo entre arte y naturaleza, atribuyendo a la segunda los atributos del Dios de Paley. La naturaleza se convierte así en una especie de demiurgo cuya actuación –la selección natural– es superior a la del hombre –la selección artificial[96].

3.3.       Azar y diseño en On the Origin of Species

El pensamiento de Darwin en relación con el diseño cambia poco entre 1842 y 1859. Piensa que todo en la naturaleza es fruto de leyes, y está convencido de haber descubierto las que explican el origen de las especies. Esto lo podemos ver desde el inicio de On the Origin, que comienza con la siguiente cita de Whewell:

Con respecto al mundo material, por lo menos podemos ir tan lejos como esto: podemos percibir que los acontecimientos son llevados a cabo, no mediante intervenciones aisladas del poder Divino, ejercidas en cada caso particular, sino por el establecimiento de leyes generales[97].

Acá Whewell condensa lo que Darwin había concluido desde tiempo atrás. Colocando esta cita al inicio de su obra Darwin manifiesta su adhesión a la doctrina de las causas segundas e indica que pretende extender esta doctrina a la historia de la vida, algo de lo que ni Whewell la mayoría de teólogos naturales de la época estaban muy convencidos[98]. Implícitamente Darwin se propone ser el “Newton para la hierba de pasto” que –como dijimos al final del capítulo anterior– según Kant nunca existiría[99].

A lo largo de On the Origin, Darwin se opone continuamente a la interpretación “intervencionista” doctrina de William Paley, aunque solo lo menciona marginalmente en una oportunidad[100]. Si para Paley las perfecciones del mundo natural indican la existencia y acción de un Diseñador, para Darwin son muestra de un mecanismo completamente natural que no requiere –y en cierto sentido no permite– ningún tipo de “intromisión” divina.

En esta obra Darwin evita usar la palabra “diseño”[101], y usa muy pocas veces de “causa final”. Sin embargo, cuando habla de causas finales las equipara con la doctrina de las “creaciones independientes”[102]. Podemos resumir que identifica el diseño con la doctrina de las causas finales, y ésta con la “teoría de la creación” –como él la llama[103].

A pesar de su clara oposición a las creaciones especiales, en On the Origin Darwin seguía pensando que había un plan general en la evolución. De hecho en la conclusión encontramos la idea del Sketch que citamos anteriormente:

Prestigiosos autores parecen estar satisfechos con la opinión de que cada especie ha sido creada de manera independiente. Para mí concuerda mejor con lo que sabemos de las leyes impresas en la materia por el Creador, que la producción y extinción de los habitantes pasados y presentes del mundo se debe a causas segundas, como las que determinan el nacimiento y muerte del individuo[104].

Aunque hay algunas pequeñas variaciones –en vez “creación” habla de “producción”, y en vez de “medios” dice “causas”–, vemos que la idea es esencialmente la misma de 1842: el Creador actúa mediante causas segundas que son las leyes que Él imprime en la materia. Esta concepción se ve reflejada también en las conocidas palabras de Darwin que citamos al inicio de este capítulo, muy similares a otras que había escrito en el Sketch de 1842[105].

Aunque no es claro a qué tipo de “poderes” –o “fuerzas”– se refiere, pocas líneas antes encontramos un pasaje en el que habla de las leyes biológicas que, según él, gobiernan la evolución: se trata del famoso pasaje de la “ribera enmarañada” (entangled bank). Allí dice que es interesante contemplar una ribera con todo tipo de organismos (plantas, pájaros, insectos) y considerar que:

Estas elaboradas formas, tan diferentes unas de otras, y dependientes de las demás en un modo extraordinariamente complejo, han sido producidas por leyes que actúan a nuestro alrededor[106].

E inmediatamente dice a qué leyes se refiere:

Estas leyes, tomadas en un sentido amplio, son el (1) Crecimiento con el (2) Reproducción; la (3) Herencia que está casi implicada por la reproducción; la (4) Variabilidad producida por la acción indirecta y directa de las condiciones de vida externas, y por el uso y desuso; la (5) Tasa de Crecimiento tan alta que lleva a la (6) Lucha por la Vida, y como consecuencia la (7) Selección Natural, que lleva consigo la (8) Divergencia de Caracteres y la (9) Extinción de las formas menos mejoradas[107].

Como vemos se trata de leyes muy generales que, a diferencia de la ley de la gravedad y otras leyes físicas, carecen de formulaciones matemáticas precisas y comprobables. La teoría de Darwin agrupa y explica –hasta cierto punto– algunos fenómenos relacionados con el origen de las especies pero, como él mismo reconoce, no puede ser probada directamente[108].

En On the Origin encontramos pasajes que muestran el carácter probabilístico de la selección natural, por ejemplo:

Cada pequeña modificación, que en el transcurso de las épocas surgió por azar [chanced to arise], y que de alguna manera favorece los individuos de una especie adaptándolos a los cambios en las condiciones [de vida], tenderá a ser preservada[109].

Aquí vemos dos elementos importantes de la teoría. En primer lugar que las modificaciones surgen por azar, y en segundo lugar que las adaptaciones ventajosas no son conservadas necesariamente sino solo tendencialmente. En otras palabras, hay azar tanto en la generación de las variaciones como en la preservación de las mismas[110].

Aunque Darwin pensaba que las leyes naturales eran deterministas, veía que en la naturaleza intervenían tantos factores diversos que en la práctica era imposible predecir con exactitud los resultados. Esto lo llevará a pensar que todos los resultados de la evolución son contingentes[111].

A pesar de que Darwin no trata sistemáticamente el tema del azar en On the Origin, podemos ver que éste es parte fundamental de su teoría. Además de verlo como ignorancia de las causas de las variaciones[112], es más fundamental su contingentismo que, como veremos más adelante, se irá radicalizando hasta el final de su vida. La imposibilidad de prever los resultados del proceso evolutivo es, para Darwin, absolutamente incompatible con la existencia de un diseño divino en la naturaleza[113].

***

Como vimos anteriormente, Paley popularizó un argumento a favor de la existencia de Dios a partir de las perfecciones que se encuentran en la naturaleza, especialmente en los seres vivos. Pero a pesar de sus buenas intenciones, su propuesta tiene un serio problema: puede derivar muy fácilmente en dos concepciones de la divinidad incompatibles con el Dios del Cristianismo:

1.       Si se hace énfasis en su acción “intervencionista”, se acaba con una visión antropomórfica del Creador –que termina siendo una especie de Demiurgo, Diseñador, Ingeniero o Relojero.

2.      Si, por el contrario, se hace énfasis en la visión mecanicista de la naturaleza –en la que el azar es solo aparente y el poder de Dios se reduce a establecer leyes con vista a unos resultados que es capaz de prever– se llega a una visión deísta del Creador y una concepción mecanicista de la naturaleza, en la que todo se desarrolla de acuerdo a un diseño predeterminado.

Ante esta disyuntiva Darwin terminó aceptando la segunda opción, pero identificando a Paley y a todos los defensores de la existencia de un diseño en la naturaleza con la primera opción.

Debido a su deísmo, Darwin no solo atacaba que Dios creara directamente las especies sino también que interviniera de alguna manera en este proceso que, según él, se podía explicar completamente mediante leyes naturales. Pero el carácter contingente de su teoría lo llevó a dudar de la posibilidad de que existiera un diseño o plan en la naturaleza. Defender esto, pensaba, sería como aceptar que Dios crea directamente las especies, o que se entromete indebidamente en la naturaleza.

Anteriormente se habló de dos clasificaciones de teleología. Por una parte se puede distinguir entre una teleología intrínseca (aristotélico-tomista) y otra extrínseca (platónica), y por otra se puede distinguir entre teleología general (nomológica) y otra especial (creacionista). Aunque no se pueden identificar exactamente, vemos una gran relación entre la intrínseca y la general, y entre la extrínseca y la especial.

Darwin rechazaba la teleología extrínseca y especial en favor de una intrínseca y general, pero podemos decir que otros como Newman también. Sin embargo hay una gran diferencia estos dos pensadores: mientras el primero habla solo de leyes y niega toda posibilidad de que Dios intervenga en el mundo, el segundo ve que las obras de la naturaleza no remiten simplemente a un conjunto de leyes sino, en últimas, a una Providencia divina[114].

Hablando del “popular argumento en favor de un Creador a partir de lo que comúnmente se llama diseño en el mundo físico”, dice Newman:

Un creyente en Dios reconoce inmediatamente –y justamente– los innumerables rastros de diseño en la estructura del universo, y su fe y su amor se fortalecen y agrandan al ver [en ellos] una Providencia[115].

El tema de la Providencia es muy profundo y escapa al objetivo de este trabajo. Solo digamos que está muy relacionado con la doctrina de las causas segundas, y que es incompatible con una visión deísta del Creador.

Ahora contrastaremos el pensamiento de Darwin con el de Asa Gray, un defensor del diseño teísta mediante causas segundas que ayudó mucho a la aceptación de la teoría de la evolución en los Estados Unidos y con quien Darwin discutió sobre el azar y el diseño durante casi una década.


 



[1] Charles Darwin, On the Origin of Species by Means of Natural Selection, or the Preservation of Favored Races in the Struggle for Life, John Murray, London 1859, 490. Las palabras “by the Creator” fueron introducidas a partir de la segunda edición (p. 481) por sugerencia de Charles Kingsley.

[2] Cfr. Michael B. Roberts, Evangelicals and Science, Greenwood, Westport 2008, 116. Aunque las respuestas a Darwin por parte de los creyentes fue muy variada, en general –e incluyendo a Wilberforce– se encuadran dentro de en un “Old Earth framework” que no interpreta literalmente el Génesis. Cfr. James R. Moore, The Post-Darwinian Controversies: A Study of the Protestant Struggle to Come to Terms with Darwin in Great Britain and America, 1870-1900, Cambridge University Press, Cambridge 1981.

[3] Phys., II, 5, 196b 10-17.

[4] De part. anim., I, 1, 645a 23-25.

[5] Cfr. John Herschel, A Preliminary Discourse on the Study of Natural Philosophy, Longman, Rees, Orme, Brown & Green; John Taylor, London 1840 (1830), 4.

[6] Ibíd, 9.

[7] Ibíd, 7.

[8] Ibíd.

[9] Cfr. John Beatty, “Teleology and the Relationship Between Biology and the Physical Sciences in the Nineteenth and Twentieth Centuries”, en Frank Durham, Robert D. Purrington (eds.), Some Truer Method. Reflections on the Heritage of Newton, Columbia University Press, New York 1990, 113-114.

[10] Conferencia en la Kaiserliche Akademie der Wissenschaften de Viena, 29 de mayo de 1886. Cfr. John Beatty, Gerd Gigerenzer (eds.), The Empire of Chance, Cambridge University Press, Cambridge 1989, 136.

[11] Asa Gray, “Darwin and his reviewers”, Atlantic Monthly 6 (Oct) (1860), 415-416.

[12] Cfr. Timæus, 29a ss.

[13] Como se vio en el primer capítulo, naturaleza, arte y azar era la tripartición causal usada por Platón –y retomada por Aristóteles– para explicar el movimiento de los entes físicos.

[14] Phys., II, 8, 199b 32.

[15] Cfr. Mariano Artigas, “Ciencia, finalidad y existencia de Dios”, Scripta Theologica 17 (1985), 161: «En resumen, la quinta vía se desarrolla mediante tres afirmaciones principales: que existe un orden natural dinámico con diversas manifestaciones en las acciones individuales y en la acción cooperativa de los seres naturales; que ese orden natural implica la existencia de una finalidad natural realizada de modo no inteligente mediante las acciones naturales de seres que no deliberan; y que la racionalidad del orden natural exige la existencia de Dios como creador de la naturaleza y que la gobierna mediante su providencia».

[16] Cfr. The Autobiography of Charles Darwin 1809-1882. Edited by Nora Barlow with the original omissions restored, Collins, London 1958, 56-58.

[17] Cfr. ibíd, 58: «During the three years which I spent at Cambridge my time was wasted, as far as the academical studies were concerned, as completely as at Edinburgh and at school». A pesar de esto, dice Ruse que «the time in Edinburgh was far from wasted» y que en Cambridge «he was to spend three very happy years» (Michael Ruse, “Introduction: Charles Darwin and the Origin of Species”, en David N. Reznick, The Origin Then and Now: An Interpretive Guide to the Origin of Species, Princeton University Press, Princeton 2009, 4, 6). Y Sloan destaca cómo allí terminó de descubrir su vocación de naturalista. Cfr. Phillip R. Sloan, “The making of a philosophical naturalist”, en Jonathan Hodge, Gregory Radick (eds.), The Cambridge Companion to Darwin, Cambridge University Press, Cambridge 2009, 23-25.

[18] Cfr. Autobiography of Charles Darwin, 58: «I attempted mathematics, and even went during the summer of 1828 with a private tutor (a very dull man) to Barmouth, but I got on very slowly. The work was repugnant to me, chiefly from my not being able to see any meaning in the early steps in algebra».

[19] Ibíd, 59.

[20] William Paley, Natural Theology; or, Evidences of the Existence and Attributes of the Deity, American Tract Society, New York 1881 (1802), 9.

[21] Ibíd, 10.

[22] Voltaire, Les cabales: oeuvre pacifique, Oxford University Press, Oxford 2007 (1772), 9: «L'univers m'embarrasse, et je ne puis songer que cette horloge existe, et n'ait point d'horloger».

[23] Cfr. William Paley, Natural Theology, 20-35.

[24] Cfr. ibíd, 35.

[25] Ibíd, 15-16.

[26] Ibíd, 285.

[27] Cfr. ibíd, 49.

[28] Ibíd.

[29] Cfr. ibíd, 317-330.

[30] Ibíd, 330.

[31] Ibíd.

[32] Ibíd, 331.

[33] Ibíd.

[34] Cfr. ibíd, 332.

[35] Ibíd.

[36] Cfr. ibíd, 332-343.

[37] Ibíd, 330.

[38] Para un análisis conciso pero más detallado, cfr. Alberto Barbés Fernández, El argumento teleológico del “Intelligent Design”, (“Dissertationes”, XXXV), Edusc, Roma 2011, 29-44.

[39] Cfr. A. Hunter Dupree, Asa Gray: American Botanist, Friend of Darwin, Johns Hopkins University Press, Baltimore 1988, 137.

[40] La universidad había sido fundada por Newman –a instancias de los obispos irlandeses– en 1854, y fue su primer Rector hasta 1858. Esta conferencia fue leída el 17 de diciembre de 1855 y publicada en la Catholic University Gazette (publicación de la propia universidad) el 3 de enero de 1856. También apareció publicada más adelante en: John Henry Newman, The Idea of a University, Longmans, Green, and Co., London 1907 (1858), 428-455. Cfr. Wilfrid Ward, The Life of John Henry Cardinal Newman, Longmans, Green, and Co., London 1912, I, 390-416.

[41] Cfr. John Henry Newman, “Cristianismo y Ciencia Física (1855)”, en Sergio Sánchez-Migallón, José Manuel Giménez Amaya (eds.), Cristianismo y ciencias en la universidad, Eunsa, Pamplona 2011, 74-75.

[42] Ibíd, 84.

[43] Ibíd, 88.

[44] Cfr. ibíd, 99-101.

[45] Ibíd, 102.

[46] Ibíd, 104.

[47] William Paley, Natural Theology, 106.

[48] Ibíd.

[49] Cfr. ibíd.

[50] Cfr. ibíd, 105.

[51] Cfr. ibíd, 110.

[52] Ibíd.

[53] Ibíd, 109.

[54] Cfr. ibíd.

[55] Cfr. John Henry Newman, “Cristianismo y Ciencia Física”, 111.

[56] Ibíd, 112.

[57] Ibíd, 111.

[58] Alister McGrath, The Order of Things: Explorations in Scientific Theology, Blackwell, Malden (MA) 2006, 77: «Paley’s approach fails in what it sought to deliver, and traps Christian theology in an apologetic which can only go disastrously wrong. It was not the first time Christian apologetics had taken a disastrous wrong turn; an immediate correction was, in Newman’s view, long overdue».

[59] Esta obra es en cierto sentido una continuación de sus Oxford University Sermons (1843).

[60] Newman a William Robert Brownlow (futuro Obispo de Clifton), abril 13 de 1870. Wilfrid Ward, The Life of John Henry Cardinal Newman, II, 269. Newman habla del argumento del orden en el contexto de un análisis de la noción de causalidad. Cfr. John Henry Newman, Essay in aid of a Grammar of Assent, Longmans, Green, and Co., London 1903 (1870), 66-72.

[61] John Beatty, Gerd Gigerenzer (eds.), The Empire of Chance, 135.

[62] Jonathan R. Topham, “Biology in the service of natural theology: Paley, Darwin, and the Bridgewater Treatises”, en Denis R. Alexander, Ronald L. Numbers, Biology and Ideology from Descartes to Dawkins, The University of Chicago Press, Chicago 2010, 96-97. Topham es co-editor de dos volúmenes de Frederick Burkhardt, et al  (eds.), The Correspondence of Charles Darwin, Cambridge University Press, Cambridge 1985–.

[63] Algunos fósiles claves del Megatherium fueron encontrados por el mismo Darwin en la costa de Chile en su viaje en el Beagle.

[64] Cfr. Michael B. Roberts, “Darwin's Doubts About Design”, Science & Christian Belief 9 (1997), 116-117.

[65] Cfr. Jonathan R. Topham, “Paley, Darwin, and the Bridgewater Treatises”, 98.

[66] William Whewell, Astronomy and General Physics Considered with Reference to Natural Theology, William Pickering, London 1847 (1833), 3.

[67] Cfr. Charles Babbage, The Ninth Bridgewater Treatise, John Murray, London 1838 2 ed., v-xix; cfr. Jonathan R. Topham, “Paley, Darwin, and the Bridgewater Treatises”, 98ss.

[68] William Whewell, Astronomy and General Physics, 355.

[69] Charles Darwin, Notebook B: Transmutation of species 1 (jul. 1837-feb. 1838), CUL-DAR121, 98.

[70] Cfr. íd, On the Origin of Species, ii; cfr. William Whewell, Astronomy and General Physics, 356.

[71] Darwin a John Murray, 23 de septiembre de 1861. Darwin Correspondence Database (DCD), University of Cambridge, entry 3259.

[72] Cfr. Francis Darwin (ed.), The Life and Letters of Charles Darwin, John Murray, London 1887, III, 177-179. Incluso afirmará que su padre no era creyente. Cfr. Autobiography of Charles Darwin, 87.

[73] El Unitarismo es un movimiento religioso de origen cristiano que rechaza la Trinidad, poniendo en duda la divinidad de Cristo y del Espíritu Santo en favor de la unidad de Dios.

[74] Cfr. Phillip R. Sloan, “The making of a naturalist”, 22.

[75] Cfr. Michael Ruse, “The Origin Then and Now”, 4.

[76] Darwin a Lyell, 17 de junio de 1860. DCD, entry 2833. Dos días más tarde Lyell le responde diciendo que antes preferiría aceptar las “causas desconocidas” de Paley & Co que la “divinización de la materia y la fuerza” que hace Huxley. Cfr. DCD, entry 2837a.

[77] Cfr. Dov Ospavot, “God and Natural Selection: The Darwinian Idea of Design”, Journal of the History of Biology 13 (1980), 175.

[78] Cfr. notas hechas por Darwin en el libro de John Macculloch Proofs and Illustrations of the Attributes of God from the Facts and Laws of the Physical Universe (1837). Cfr. Howard E. Gruber, Barrett Paul H., Darwin on man. A psychological study of scientific creativity; together with Darwin's early and unpublished notebooks, Wildwood House, London 1974, 416-420.

[79] Cfr. Charles Darwin, Notebook M: Metaphysics and expression 1 (Jul 1838-oct. 1838), CUL-DAR125, 136.

[80] Cfr. Dov Ospavot, “The Darwinian Idea of Design”, 179-180. En términos filosóficos se puede decir que pasa del dualismo al monismo antropológico.

[81] Cfr. Charles Darwin, Notebook N, 151: «?May [sic] not [the] idea of God arise from our confused idea of “ought”, joined with [the] necessary notion of “causation”, in reference to this “ought”, as well as the works of the whole world».

[82] Ibíd, 135-136.

[83] En el pasaje citado se puede observar la influencia de Augusto Comte y sus tres estadios. Darwin había leído una extensa reseña de los dos primeros volúmenes del Cours de philosophie positive (1830-1835) donde se lee: «each branch of knowledge, passes successively through three different theoretical status—the theological or fictitious state, the metaphysical or abstract state, and the scientific or positive state» (Edinburgh Review, or Critical Journal 67 (1838), 280). Cfr. Howard E. Gruber, Barrett Paul H., Darwin on man, 303.

[84] Cfr. Charles Darwin, Notebook E: Transmutation of species 4 (oct. 1838-jul. 1839), CUL-DAR124, 111-112.

[85] Cfr. ibíd, 68-69: «What a chance it has been (with what attendant organization, hand & throat) that has made a man –any monkey probably might, with such chances be made intellectual, but almost certainly not made into man».

[86] Cfr. Dov Ospavot, “The Darwinian Idea of Design”, 185.

[87] Años después, el 3 de julio de 1860, le escribirá a Gray: «I have just reread your letter: in truth I am myself quite conscious that my mind is in simple muddle about “designed laws” & “undesigned consequences”» (DCD, entry 2855).

[88] Cfr. Autobiography of Charles Darwin, 57.

[89] Cfr. Alister McGrath, “The ideological uses of evolutionary biology in recent atheist apologetics”, en Denis R. Alexander, Ronald L. Numbers, Biology and Ideology from Descartes to Dawkins, The University of Chicago Press, Chicago 2010, 343.

[90] Dice Janet Browne que la muerte de Annie marcó el inicio del largo proceso de disociación de Darwin con el Cristianismo. Cfr. Janet Browne, Charles Darwin: Voyaging, Princeton University Press, Princeton 1995, 503.

[91] Cfr. Autobiography of Charles Darwin, 92-93: «This follows from the extreme difficulty or rather impossibility of conceiving this immense and wonderful universe, including man with his capacity of looking far backwards and far into futurity, as the result of blind chance or necessity. When thus reflecting I feel compelled to look to a First Cause having an intelligent mind in some degree analogous to that of man; and I deserve to be called a Theist. This conclusion was strong in my mind about the time, as far as I can remember, when I wrote the Origin of Species; and it is since that time that it has very gradually with many fluctuations become weaker».

[92] Cfr. Charles Darwin, Notebook E, 59: «Herschel calls the appearance of new species the mystery of mysteries, & has grand passage upon the problem! Hurrah—“intermediate causes”».

[93] Francis Darwin (ed.), The Foundations of the Origin of species. Two essays written in 1842 and 1844, Cambridge University Press, Cambridge 1909, 51.

[94] Ibíd, 52.

[95] Ibíd, 87.

[96] Cfr. Phillip R. Sloan, “Evolution”, Stanford Encyclopedia of Philosophy (Fall 2010 Edition), n. 2.2; cfr. Dov Ospavot, “The Darwinian Idea of Design”, 173. Esta idea aparecerá en la obra de 1859, cfr. Charles Darwin, On the Origin of Species, 82-84.

[97] William Whewell, Astronomy and General Physics, 356; Charles Darwin, On the Origin of Species, ii.

[98] Nótese que la cita de Whewell se encuentra en su tratado sobre astronomía y física. Cfr. Dov Ospavot, “The Darwinian Idea of Design”, 172.

[99] Cfr. Immanuel Kant, Crítica del Juicio, 1790, II, sec. 14.

[100] Cfr. Charles Darwin, On the Origin of Species, 201.

[101] La única vez que la emplea es ésta: «It is so easy to hide our ignorance under such expressions as the “plan of creation”, “unity of design”, &c., and to think that we give an explanation when we only restate a fact» (ibíd, 481-482).

[102] Hablando de las leyes que guían la construcción de órganos similares entre sí que se encuentran en especies diversas dice: «Nothing can be more hopeless than to attempt to explain this similarity of pattern in members of the same class, by utility or by the doctrine of final causes. The hopelessness of the attempt has been expressly admitted by Owen in his most interesting work on the Nature of Limbs. On the ordinary view of the independent creation of each being, we can only say that so it is;—that it has so pleased the Creator to construct each animal and plant» (ibíd, 435).

[103] Cfr. ibíd, 471: «This grand fact of the grouping of all organic beings seems to me utterly inexplicable on the theory of creation»; cfr. ibíd, 437: «How inexplicable are these facts on the ordinary view of creation».

[104] Ibíd, 488.

[105] Cfr. Francis Darwin (ed.), The Foundations, 52: «There is a simple grandeur in the view of life with its powers of growth, assimilation and reproduction, being originally breathed into matter under one or a few forms, and that whilst this our planet has gone circling on according to fixed laws, and land and water, in a cycle of change, have gone on replacing each other, that from so simple an origin, through the process of gradual selection of infinitesimal changes, endless forms most beautiful and most wonderful have been evolved».

[106] Charles Darwin, On the Origin of Species, 489.

[107] Ibíd, 489-490. La numeración y el énfasis son nuestros.

[108] Darwin a Hooker, 23 de abril de 1861. DCD, entry 3098.

[109] Charles Darwin, On the Origin of Species, 82. El énfasis es nuestro.

[110] Hay más pasajes donde se aprecia el azar en la preservación de las variaciones. Cfr. ibíd, 90: «The swiftest and slimmest wolves would have the best chance of surviving, and so be preserved or selected». Cfr. ibíd, 235: «That individual swarm which wasted least honey in the secretion of wax, (…) will have had the best chance of succeeding in the struggle for existence». Los énfasis son nuestros.

[111] Recordemos que desde finales de 1838 pensaba que el hombre era producto del azar. Cfr. íd, Notebook E, 68-69.

[112] Cfr. íd, On the Origin of Species, 131.

[113] Lennox resume diciendo que en On the Origin se usan tres sentidos de azar: (1) como ignorancia de las causas de las variaciones, (2) como contraposición al diseño y (3) como contraposición al determinismo. Cfr. James G. Lennox, “The Darwin/Gray Correspondence 1857–1869: An Intelligent Discussion about Chance and Design”, Perspectives on Science 18 (2010), 467-468.

[114] Cfr. John Henry Newman, “Cristianismo y Ciencia Física”, 111.

[115] íd, Stray Essays on Controversial Points variously illustrated, impreso privadamente, 1890, § 55.

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"Causalidad y azar en el origen de la teoría de la evolución a partir de la correspondencia entre Charles Darwin y Asa Gray"
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